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domingo, 8 de enero de 2017

La caverna nacionalista, o el nacionalismo platónico

Es bien conocido el mito de la caverna que Platón pone en boca de Sócrates en "La República": los humanos somos como un grupo de prisioneros que, inmovilizados en una caverna oscura, solo pueden ver las sombras que proyecta un fuego situado a su espalda en una pared delante de ellos, cuando otros seres pasan ante el fuego portando diversas imágenes. Al no tener otra experiencia, creen que las sombras son los objetos reales.

Pero el filósofo, utilizando su razón llega, con esfuerzo, a superar su ignorancia y remontarse a los objetos reales, no en el mundo material, en el que viven los demás como los prisioneros en la caverna, sino en el mundo intelectual. Estos objetos reales son las ideas, puras y completas, a las que se asemejan los groseros objetos materiales sin identificarse con ellas. 

Esta metáfora es útil para comprender la contradicción que supone que los nacionalistas catalanes afirmen, sin ningún género de dudas, que Cataluña es una nación y, sin embargo, definan su proyecto como la "construcción nacional de Cataluña". Lo que ya está completo no precisa construirse; lo que se ha de construir aun no existe o, al menos, no está acabado.

El dogma, Catalunya és una nació, se refiere a la idea platónica de Cataluña, en el mundo ideal, puramente intelectual. La construcción nacional, por su parte, se refiere al mundo real, de la grosera materialidad. El mundo de las estadísticas que nos dicen que el castellano es la lengua más hablada de Cataluña, sin ir más lejos.

Como Sócrates, los nacionalistas no dan valor a lo que está en el mundo real, sino únicamente a las ideas. La realidad debe asemejarse en lo posible a la idea, puesto que cuanto mayor sea tal semejanza mayor será su perfección, pero la referencia es siempre el ideal.

El problema es que Sócrates hablaba de la Verdad, lo Bueno y lo Bello, que creía valores absolutos que debían reconocer todos los seres humanos, al menos si estaban debidamente formados. Pero la Cataluña que imaginan los nacionalistas es solo una de diversas Cataluñas posibles, la que desean los nacionalistas, y no hay un criterio objetivo que permita valorar dichos proyectos. En una democracia, ni siquiera es aceptable la exigencia de una determinada formación para opinar (para votar), por lo que no se puede afirmar que los no nacionalistas no tienen un criterio formado y desdeñar su opinión. Por tanto, el dogma nacionalista debe tomarse como lo que es: un proyecto que a unos les entusiasma, pero a otros les puede dejar indiferentes o, incluso, producir rechazo; en ningún caso una verdad absoluta o una necesidad lógica o histórica.

Por supuesto, lo propio se puede decir de cualquier otro nacionalismo, en particular el español: la nación es el proyecto que una persona o un grupo tiene para su país, que puede diferir del que tengan otras personas o grupos y no es, en términos absolutos, mejor o peor que éste. No es admisible que los filósofos o los nacionalistas nos impongan una realidad basada en sus fantasías. La realidad la construimos, cada día, todos los ciudadanos.

viernes, 15 de enero de 2016

España, ¿nación de naciones?

Diversas voces, presumiblemente bienintencionadas, están proponiendo, como vía para conseguir el encaje de Cataluña ene España o, en general, para resolver el problema de la estructura territorial del Estado, el reconocimiento en la Constitución de la condición nacional de Cataluña, bien bajo la fórmula de Estado plurinacional (lo que supondría aceptar que España no es una nación, siéndolo únicamente Cataluña, el País Vasco, Galicie y, quizá, el resto, bajo la denominación de España o la de Castilla) o bien mediante el discutible concepto de "nación de naciones", que atribuiría la condición de naciones tanto al todo como a las partes.


Tanto entre quienes aceptan esta propuesta como entre quienes se oponen a ella algunos advierten de los riesgos que conlleva. Así, entre los primeros, Fernando Savater (“Ni podemos ni debemos”, El País, 7 de enero de 2016) afirma que Los nacionalistas locales quieren convertir la diversidad cultural en fundamento de separación política. Es decir, convierten las culturas —optativas, cambiantes, mestizas— en estereotipos estatalizables de nuevo cuño, que definen ciudadanías distintas a la del Estado de derecho común. Aquí comienza lo inadmisible.

Gabriel Tortella  ("La nación de las naciones", El Mundo, 8 de enero de 2016"), entre los segundos, afirma directamente que En principio, se trata de un concepto contradictorio (el de nación de naciones) porque la palabra nación, en su significado estrictamente político, el que se viene utilizando desde la Revolución francesa, es el de un conjunto de ciudadanos que comparte un territorio y se organizan bajo un Estado, donde imperan los principios de libertad, igualdad y soberanía.

Ambos autores tienen razón: el nacionalismo catalán (como el vasco) pretende el reconocimiento nacional y, como consecuencia ineludible, el reconocimiento de su soberanía, que en cualquier momento puede ser ejercida mediante la creación de un Estado independiente.

Ahora bien, la realidad es un poco más compleja. Savater menciona la diversidad cultural como fundamento de separación política. Tortella alude a un concepto metafísico de nación, contrapuesto al político y que implica una comunidad cultural. Pero en Cataluña no existe una unidad cultural, sino una coexistencia de dos culturas principales (y otras muchas aportaciones minoritarias) o, mejor, un mestizaje cultural. En cualquier caso, hay por lo menos tantos motivos para unir como para separar, si no más.

El reconocimiento de que Cataluña es una nación supondría la consagración de la diferencia (en concreto, en la Constitución española) aunque no exista en la realidad o, por mejor decir, aunque no sea completa. Con ello, los nacionalistas quedarían legitimados para llevar adelante su proyecto, consistente en la profundización de la diferencia, la separación cultural y sentimental respecto de España a las que alude el concepto de construcción nacional de Cataluña. 

Con el desarrollo de ese proyecto, llegaría un momento en que la independencia sería un voluntad predominante, si no unánime, lo que llevaría al ejercicio de esa soberanía que el concepto de nación incorpora y a la creación del Estado catalán.

En definitiva, el reconocimiento de Cataluña como nación no solo supondría la aceptación de su derecho a la separación (que, en una democracia difícilmente se puede negar a una parte de la comunidad cuando se dan determinadas circunstancias), sino que permitiría la utilización de todos los medios del poder estatal para imponer unos determinados rasgos culturales, unos determinados sentimientos, a la población.

Y, si alguien duda de que es así, que trate de responder a la siguiente pregunta: ¿por qué, si no, tiene tanta importancia el atribuir a una comunidad (ya sea Cataluña, ya sea España) la condición de nación, pese a la evidente indefinición de tal concepto?

 

miércoles, 6 de enero de 2016

El sentimiento nacionalista

Los seres humanos, seres eminentemente sociales, tenemos habitualmente un sentimiento positivo respecto del país al que pertenecemos. Es, sin duda, una manifestación de autoestima y contribuye a cohesionar el grupo del que, en definitiva, dependemos.

Ahora bien, nadie, o casi nadie, conoce todos los lugares del país en que vive. Menos aún conoce a todas las personas que habitan dicho país. Por tanto, el objeto de ese sentimiento positivo no es el país real, sino una idealización del mismo, una construcción mental formada a partir de las experiencias personales, distintas para cada individuo. Además, en esta construcción interviene un proceso de selección: cada cual elige aquellos elementos que le parecen realmente constitutivos del país y rechaza los que no considera relevantes, partiendo de un criterio puramente subjetivo.

Se trata de un fenómeno similar al que sucede cuando nos enamoramos: no nos enamoramos de la persona real, sino que completamos lo que sabemos de dicha persona, a la que tal vez acabamos de conocer, atribuyéndole cualidades y virtudes que quizá no posee, o no posee en el grado que le atribuimos, completando un cuadro ideal que no se ajusta a la realidad.

Este objeto que, como imaginario, es estrictamente personal, es definido o enunciado de formas similares por diversas personas, mediante la enumeración de las principales características que cada uno le atribuye: lengua, origen étnico, religión, tradiciones y costumbres, historia…Se llega así a hablar de nación, como un grupo social con unas características comunes, que homogeneízan a quienes lo componen a la vez que les diferencian de los demás.
No obstante, como hemos visto, los elementos que estas diferentes personas consideran constitutivas de la nación, no tienen por qué darse en la realidad ni tienen por qué revestir la importancia que les atribuyen.  De igual manera, en la realidad pueden darse otras características que, por resultar desagradables o atribuírseles poca importancia, no son tenidas en cuenta como constitutivas de la nación. 

Así, los españoles de lengua castellana minusvaloran la importancia de las restantes lenguas de España y de sus hablantes, así como los sentimientos antiespañoles que un número relevante de ellos presentan. De forma análoga, los catalanistas infravaloran o, incluso, ignoran la población de Cataluña de lengua castellana, pese a que es estadísticamente mayoritaria. 

Sin embargo, este sentimiento compartido de amor al país, de pertenencia, no tiene, por si mismo, naturaleza política. La política exige el planteamiento de un objetivo a alcanzar y ser lo que ya se es no constituye un objetivo válido ni, sobre todo, atractivo, movilizador. Para que surja un movimiento, un partido político nacionalista es preciso que ese sentimiento se transforme en un objetivo que se pretenda alcanzar a través de la acción política.

El objetivo del nacionalismo político consiste en extender a todo el país las características que, para los seguidores de ese movimiento, son relevantes, lo definen. Ello implica que esas características no sean ya universales en el país, bien por la presencia de individuos de otros orígenes que no las comparten, bien porque las influencias externas han provocado que se perdiesen incluso entre los originarios de dicho país. No tiene ningún sentido, en cambio, un movimiento nacionalista que se proponga conservar lo que ya existe y no resulta amenazado. 

Así, pese a la preocupación del general De Gaulle por la “grandeur de la France” no formó un partido nacionalista francés. No hubiese tenido sentido en aquel momento, en que la identidad francesa no se sentía amenazada. En cambio, medio siglo después, como consecuencia de la inmigración ha surgido el Frente Nacional de Le Pen y ha crecido hasta ser una de las fuerzas políticas fundamentales del país. De igual manera, el orgulloso aislamiento británico no dio lugar a un partido nacionalista inglés (o británico), pero la inmigración si ha dado lugar a la aparición del UKIP.

En Irlanda, en cambio, la mayoría de la población no conoce o, al menos , no utiliza la lengua irlandesa, pero no como consecuencia de una inmigración masiva desde Inglaterra, sino porque la dominación de Gran Bretaña sobre el Eire favoreció que los irlandeses adoptasen la lengua de los ocupantes.

La voluntad de extender las características que se consideran definitorias de la nación es evidente en nuestro país. El nacionalismo catalán lo manifiesta claramente en una de sus expresiones preferidas: la construcción nacional de Cataluña. Sólo tiene sentido construir lo que aún no existe o, al menos, no está completo. Por tanto, el uso de esa expresión implica, primero, que pretenden construir la nación catalana y, segundo, que esta nación aún no existe o, como mínimo, no está completa.

De la misma manera,  partidos como  el Partido Popular, cuyos cuadros, afiliados y simpatizantes comparten indudablemente un sentimiento nacional similar (pero cuyo objeto ideal no es Cataluña, sino España) no se define como partido nacionalista: en su imaginación, la nación española ya existe y, por tanto, no es preciso edificarla. Sólo cuando se advierte una amenaza se percibe como objetivo la defensa de la nación frente a la misma y surgen partidos claramente nacionalistas o los ya existentes asumen una beligerancia en este ámbito (la voluntad manifestada por el ministro Wert de “españolizar a los niños catalanes” es una clara prueba de lo que decimos).

La actual situación política en Cataluña expresa el conflicto entre dos nacionalismos encontrados e incompatibles, es decir, entre dos proyectos de país antagónicos: para unos y para otros, deben generalizarse a todo el país (al que respectivamente consideran su país) las características que definen a su nación, es decir, al objeto ideal de su sentimiento patriótico. Y el predominio de un nacionalismo implica la desaparición o, al menos, reducción de las características defendidas por el otro.

La independencia no es, en realidad, sino un medio para conseguir el triunfo del proyecto nacionalista catalán, eliminando la influencia del Estado español  que alienta el sentimiento nacionalista español. También es la consecuencia lógica del sentimiento nacionalista catalán: un país que presenta características esenciales propias y radicalmente diferentes de los países vecinos debe organizarse mediante un Estado propio. Simétricamente, la independencia de Cataluña supondría la quiebra, no de la España real (un país con diferencias lingüísticas y culturales al que se ha incorporado un número muy elevado de inmigrantes de diferentes orígenes), sino de la idea de España que comparten quienes la consideran su nación.

Ciertamente, la independencia de Cataluña tendría consecuencias tangibles por lo que no sería absurdo defenderla como objetivo político por motivos racionales. Pero, por una parte, esas consecuencias no están claras, sobre todo a corto o medio plazo; ignoramos cual sería la reacción de la economía ante la independencia, sobre todo ante una declaración unilateral de independencia. Tampoco podemos predecir con seguridad cual sería la reacción de los países europeos, varios de los cuales afrontan sus propias tensiones centrífugas.

Por otra parte, la consecuencia que parece más importante, el fin del denominado “expolio fiscal”, que se nos presenta como un argumento racional, se fundamenta en realidad en un prejuicio derivado del sentimiento nacionalista. Sólo dando por sentado que los impuestos pagados por los contribuyentes de Cataluña deben revertir íntegramente a los ciudadanos catalanes, en forma de servicios públicos, inversión estatal, ayudas, subvenciones…se puede sostener que “España nos roba”. El análisis basado en las balanzas fiscales podría efectuarse a nivel provincial, comarcal o municipal. La razón de que se descarte es, evidentemente, que en estos ámbitos los resultados de tal análisis no tienen la resonancia emocional que tienen cuando apoyan el enfrentamiento nacionalista.

De todo lo anterior se desprende que el conflicto catalán es irresoluble porque se plantea en términos que no permiten un compromiso. La construcción de la nación catalana excluye que Cataluña se integre en la nación española, y esta integración, a su vez, exigiría la desaparición de Cataluña como nación.

Ahora bien, el planteamiento puede efectuarse en otros términos. Primero, reconociendo que las naciones son tan solo objetos imaginarios, sin existencia real. Segundo, aceptando y respetando los sentimientos de todos los seres humanos. Tercero, renunciando a imponer nuestros propios sentimientos como ley común a todos los demás. A partir de estas bases y de los principios fundamentales de la democracia es posible la acción política para resolver cualquier conflicto.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Elecciones 27 S

Lo primero que se ha de decir de los resultados de las elecciones al Parlament del 27 de septiembre de 2015 es que ganó ampliamente la lista de Junts pel sí. Esto, que parece una perogrullada, hay que decirlo porque, como de costumbre, todas las formaciones han pretendido aparecer como victoriosas y presentar a los adversarios como perdedores.

Después, hay que señalar que no se ha tratado de un plebiscito. Dos formaciones se han negado a entrar en el juego planteado por los independentistas y alinearse con el sí o el no a la independencia: UDC ha venido a decir que ellos no quieren la independencia en la forma propuesta por Junts pel sí, lo que no significa forzosamente que en un referéndum hubiesen votado en contra. Por su parte, Catalunya sí que es por no se ha pronunciado claramente y, al parecer, incluye partidarios de ambas opciones.

Por tanto, no se pueden contar exactamente los partidarios de la independencia y los contrarios a ella. Pero las elecciones han dejado claro que hay un gran número de ciudadanos de Cataluña con derecho a voto que apuestan por la constitución de un estado catalán independiente y otro gran número de partidarios de mantener a Cataluña dentro de España. Ambos grupos, próximos a la mitad del electorado, lo que supone un país polarizado, si no dividido.

Esta polarización en torno a dos posturas antagónicas puede dar lugar a un conflicto serio, que determine no solo la ingobernabilidad política, sino divisiones irreconciliables entre quienes comparten vecindad, amistades o vínculos familiares. Y eso se habría de evitar a toda costa.

La única solución es llegar a un equilibrio, una componenda que beneficie a ambas partes, aunque no satisfaga a ninguna. Y esta solución exige inexcusablemente cesiones por parte de todos. Ahora bien, en los términos en que se ha planteado, independencia si o no, blanco o negro, no es posible llegar a un acuerdo. Solo cabe la prevalencia de una de las dos posturas, y el aplastamiento de la otra.

Pero, en realidad, la cuestión está mal planteada en estos términos. Una Cataluña independiente, dentro de la Unión Europea y manteniendo una relación cordial con España no sería sustancialmente distinta de la actual. Los catalanes no votarían en las elecciones a las Cortes generales, algunas políticas, no regidas por las instituciones europeas, serían divergentes, y poco más.

Lo que está en juego no es la independencia, sino algo que va más allá: el modelo de país que queremos. Los independentistas quieren la independencia para construir la nación catalana, un país de lengua y cultura exclusivamente catalanas (bueno, el inglés sería segunda lengua), emocionalmente centrado tan solo en Cataluña y depurado de cualquier contaminación española.

Frente a este proyecto, respetable pero no obligatorio, ¿qué ofrecen los partidarios de la unión? Los nacionalistas catalanes responden que un proyecto diametralmente opuesto al suyo: una Cataluña construida a imagen y semejanza de Castilla en lengua, cultura y demás elementos con carga emocional. Así, pretenden convencernos de que la verdadera opción es la planteada en las que denominaron elecciones plebiscitarias: independencia sí o no, nacionalismo catalán o nacionalismo español.

Pero, en realidad, la mayoría de quienes han votado las listas que se oponen a la independencia de Cataluña no son partidarios de ese proyecto nacionalista español. Son, somos, personas con vínculos emocionales con España y con Cataluña, mayoritariamente bilingües, que rechazamos tanto la intransigencia del nacionalismo catalán como el orgullo trasnochado del nacionalismo español. Que creemos que la aportación de la inmigración enriquece la herencia autóctona, en lugar de desmerecerla. Que no pretendemos privar a nadie de su lengua o sus sentimientos, pero tampoco queremos que otros nos impongan los suyos.

Sobre esta base es posible la resolución del conflicto. Lo sería, incluso, tanto en una Cataluña independiente como en una Cataluña vinculada a España. Ahora bien, es imprescindible renunciar a la imposición de ambas posturas extremas. Solo la koiné, el mestizaje puede mantener la convivencia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Nacionalismo y realidad

Se ha publicado un adelanto de una encuesta elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) centrada en la intención de voto de las elecciones catalanas del 28 de noviembre. Los resultados electorales previstos son interesantes, pero la encuesta incluye una serie de preguntas sobre cuestiones que, en principio, están detrás del voto o la intención de voto de cada persona que llaman poderosamente la atención. Tanto, que hasta "La Vanguardia" se ha visto obligada a comentarlos de forma destacada en su edición digital.

Según esta encuesta, el 60,5 % de los ciudadanos de Cataluña se sienten tan españoles como catalanes o más, frente a un 37 % que se sienten más catalanes que españoles o únicamente catalanes. El grupo más numeroso son quienes se sienten tan españoles como catalanes, con un 43 %.

La misma encuesta nos dice que el castellano es la lengua materna del 55,2 % de los ciudadanos, mientras el catalán lo es para el 37,5 % y un 5,3 % se siente vinculado por igual a ambas lenguas.

Un 65,9 % de los encuestados no se considera nacionalista catalán, condición que sí se atribuye el 31,7 % de la muestra.

A la luz de estos datos no se sostiene la afirmación de que Cataluña es una nación distinta e, incluso, opuesta a España. El hecho supuestamente diferencial sólo concurre en una minoría (aunque importante). La mayoría tiene vínculos tan fuertes con España como con Cataluña, lo que excluye de raíz la alternativa excluyente que implica el nacionalismo.

Afirmar que Cataluña es una nación y extraer consecuencias políticas de este hecho, como hemos visto desmentido por la realidad, supone sencillamente pretender imponer los sentimientos de la minoría a la mayoría, lo que evidencia un escaso respeto por la democracia. Y ésto es, exactamente, lo que afirma el credo nacionalista: que Cataluña es una nación y que, como consecuencia, tiene la voluntad y el derecho de autogobernarse.

Cuidado, otra cosa son las elecciones, la composición del Parlamento y el Gobierno. Lo que deciden los representantes de los ciudadanos, elegidos democráticamente, se plasma en las leyes, que obligan a esos mismos ciudadanos mientras están vigentes, en virtud del principio de legalidad, esencial también en una democracia. Contra ellas no puede prevalecer la creencia de que no reflejan la voluntad popular, como tampoco el mito de la nación.

Pero es importante destacar la realidad que muestra esta encuesta, como otros estudios incluso encargados por la Generalidad. Porque hemos llegado a una situación en que sentirse español, utilizar el castellano o rechazar el nacionalismo catalán (y el dogma fundamental del mismo, que afirma que Cataluña es una nación) es algo vergonzoso que hay que ocultar, cuando son características que compartimos la mayoría de los ciudadanos de Cataluña.

Y, por tanto, hay que tratar al nacionalismo como lo que es: un movimiento político y social que pretende crear la nación catalana, invirtiendo las estadísticas. Pretende que la mayoría de los habitantes de Cataluña tengan como lengua materna el catalán, se sientan exclusiva o fundamentalmente catalanes y apoyen el proyecto nacionalista. Se puede estar a favor de este nacionalismo o en su contra, como sucede con cualquier proyecto político o social; éso es democracia. Lo que no es admisible es que nos impongan un dogma que, además, es descaradamente falso.

Encuesta CIS: