Francesc de Carreras dicta hoy una clase magistral en "La Vanguardia" ("Estado laico, personas libres") acerca de la laicidad y la confesionalidad del Estado. Parte, como es obvio, de la reciente visita de Benedicto XVI a Santiago de Compostela y Barcelona y de las reacciones que ha suscitado.
Quiero hoy fijarme particularmente en uno de los muchos temas que han sido objeto de debate en relación con esta visita: la ausencia del Presidente del Gobierno en la ceremonia de consagración de la Sagrada Familia.
Si viniese a España en visita oficial el Presidente de algún país que, al propio tiempo, tuviese un cargo en la masonería y, aprovechando su estancia en España presidiese aquí algún acto masónico, sin duda los Reyes le recibirían de acuerdo con el programa habitual en las visitas de Estado. Sin embargo dudo mucho que nadie encontrase extraño que no asistiesen al ceremonial masónico. Incluso es improbable que fuesen invitados, ya que las reuniones masónicas no son públicas.
Si fuese un monarca musulmán el que acudiese a la inauguración de una mezquita en nuestro país, probablemente el Rey le recibiría, le invitaría a un almuerzo o cena oficial y a otros actos, de trabajo o lúdicos. Pero nadie se escandalizaría porque D. Juan Carlos no asistiese a la oración del viernes en la mezquita, ya que no es musulmán.
¿Por qué, entonces, extraña y aun escandaliza que José Luis Rodríguez Zapatero no haya asistido a la consagración de la nueva basílica, si es notorio que no es creyente?
Hay un primer elemento: el Estado tiene un protocolo más o menos establecido para las visitas de Jefes de Estado extranjeros. Visitas oficiales, claro está, pues las visitas privadas son precisamente éso, privadas. Pero la visita del Papa no se ajusta en absoluto a ese protocolo, que suele incluir reuniones con el Rey y, en ocasiones, el Presidente del Gobierno, una comida o cena oficial, alguna visita turística y una agenda de trabajo variable.
El Papa no ha venido a ocuparse de las relaciones entre el Reino de España y el Estado Vaticano. Ha venido exclusivamente a actos de carácter religioso; en la terminología eclesial, ha venido como pastor de la Iglesia universal a encontrarse con sus ovejas de las iglesias particulares de Santiago y Barcelona (de Galicia y Cataluña, de España, este punto no es relevante).
Dado que los Reyes de España son católicos no es extraño que asistiesen a una ceremonia de la religión que profesan, más todavía cuando, en definitiva, quien la presidía tiene también la condición de Jefe de Estado. Pero, ¿por qué había de asistir quien no profesa tal religión? Si el Papa quería reunirse con el Presidente del Gobierno español, lo procedente era que le invitase a una reunión; si Zapatero quería hablar con el pontífice, debía solicitar una audiencia.
La presencia de tantos notorios ateos, agnósticos o indiferentes en la ceremonia de la Sagrada Familia y las críticas por la ausencia de Zapatero ponen de manifiesto que, para mucha gente, la Iglesia católica forma parte de las instituciones políticas de España. Que, para ellos, reyes y gobernantes han de rendir pleitesía al Obispo de Roma, cuya tiara está decorada con tres coronas, para hacer patente su superioridad sobre reyes y emperadores.
Y que para la jerarquía católica también es así. Que el da mihi animas, caetera tolle no va con ellos, sino que se consideran parte de la estructura institucional del poder político, como siempre han sido.
¿Quién decidió las personas que habían de ser invitadas a la consagración de la Sagrada Familia? Parece evidente que, si no lo hizo la Iglesia (la Secretaría de Estado vaticana, la archidiócesis de Barcelona) al menos debió ser consultada y dar su visto bueno. O sea, que aceptó la presencia de personalidades que claramente no estaban interesadas en el aspecto religioso de la ceremonia (que se supone que debía primar), sino en sus posibles repercusiones políticas, económicas o de imagen.
Esta acepción de personas parece que no cuadra bien con una Iglesia que predica la hermandad de todos los seres humanos como hijos del mismo Padre. Por ello creo que las críticas deben dirigirse también al Vaticano, que se preocupa demasiado de cuestiones puramente terrenales.
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
jueves, 11 de noviembre de 2010
sábado, 14 de marzo de 2009
Hikikomori
Leyendo en el Magazine el artículo sobre las hikikomori (http://www.magazinedigital.com/reportaje/cnt_id/2909 ) se me ocurrió buscar algún paralelismo en la sociedad occidental. Se trata de esos jóvenes que se encierran en su habitación y no quieren ver a nadie, ni siquiera a sus familiares más cercanos. Dicen que puede ser la reacción de quien se siente sobrepasado por las exigencias de la sociedad japonesa, enormemente competitiva y perfeccionista, con déficit de comunicación.
Y, finalmente, encontré lo que puede haber constituido un equivalente en nuestra sociedad, mucho más frecuentado en el pasado que en la actualidad, pero aún existente: los monasterios. La vida monástica puede suponer un refugio atractivo para quien se siente incapaz de desenvolverse en el mundo exterior. Y puede ser una fuente de seguridad: desde el día en que entra en el monasterio, una persona sabe lo que va a hacer el resto de sus días (al menos una vez ha superado el noviciado). La regla prescribe prácticamente todas sus acciones y la liturgia determina las pocas variaciones que experimentará. Además, no tendrá que decidir, pues las decisiones necesarias las toma el superior; el monje o la monja es, en cierto modo, irresponsable.
Por supuesto, me estoy refiriendo a las órdenes más contemplativas; los cartujos o las órdenes femeninas de clausura pueden ser los ejemplos más claros. Otras órdenes, dedicadas a la enseñanza, cuidado de enfermos o a las misiones presentan las anteriores características en mucha menor medida. Aunque normalmente también suponen una regla de vida y una irresponsabilidad: el religioso no tiene que decidir qué hace, con quién se relaciona, cómo se gana la vida; puede limitarse a obedecer y, así, logra no sólo la aceptación de su grupo, sino también la salvación eterna.
No pretendo afirmar que éste sea el motivo único de las vocaciones religiosas ni, mucho menos, que el objeto de la vida monástica sea facilitar una salida a estas personas. Sólo digo que puede haber tenido parte en algunas vocaciones, junto con la fe y, lo que también es importante, con la aprobación social que, durante mucho tiempo ha acompañado a la religión. A diferencia de los hikikomori, que constituyen un oprobio para sus familias, un religioso o religiosa se consideraban automáticamente merecedores de respeto.
Actualmente se produce lo que la Iglesia denomina "crisis de vocaciones". Pero también una relajación de la exigencia social: una persona puede negarse a entrar en la competencia por el éxito y en la sociedad de consumo, o resultar un competidor débil y, pese a ello, no ser rechazada por el conjunto de la sociedad (aunque lo sea por ciertos grupos). ¿Estarán vinculados ambos fenómenos?
Y, finalmente, encontré lo que puede haber constituido un equivalente en nuestra sociedad, mucho más frecuentado en el pasado que en la actualidad, pero aún existente: los monasterios. La vida monástica puede suponer un refugio atractivo para quien se siente incapaz de desenvolverse en el mundo exterior. Y puede ser una fuente de seguridad: desde el día en que entra en el monasterio, una persona sabe lo que va a hacer el resto de sus días (al menos una vez ha superado el noviciado). La regla prescribe prácticamente todas sus acciones y la liturgia determina las pocas variaciones que experimentará. Además, no tendrá que decidir, pues las decisiones necesarias las toma el superior; el monje o la monja es, en cierto modo, irresponsable.
Por supuesto, me estoy refiriendo a las órdenes más contemplativas; los cartujos o las órdenes femeninas de clausura pueden ser los ejemplos más claros. Otras órdenes, dedicadas a la enseñanza, cuidado de enfermos o a las misiones presentan las anteriores características en mucha menor medida. Aunque normalmente también suponen una regla de vida y una irresponsabilidad: el religioso no tiene que decidir qué hace, con quién se relaciona, cómo se gana la vida; puede limitarse a obedecer y, así, logra no sólo la aceptación de su grupo, sino también la salvación eterna.
No pretendo afirmar que éste sea el motivo único de las vocaciones religiosas ni, mucho menos, que el objeto de la vida monástica sea facilitar una salida a estas personas. Sólo digo que puede haber tenido parte en algunas vocaciones, junto con la fe y, lo que también es importante, con la aprobación social que, durante mucho tiempo ha acompañado a la religión. A diferencia de los hikikomori, que constituyen un oprobio para sus familias, un religioso o religiosa se consideraban automáticamente merecedores de respeto.
Actualmente se produce lo que la Iglesia denomina "crisis de vocaciones". Pero también una relajación de la exigencia social: una persona puede negarse a entrar en la competencia por el éxito y en la sociedad de consumo, o resultar un competidor débil y, pese a ello, no ser rechazada por el conjunto de la sociedad (aunque lo sea por ciertos grupos). ¿Estarán vinculados ambos fenómenos?
miércoles, 21 de enero de 2009
Paz y religión
En un artículo por lo demás muy mesurado, publicado en La Vanguardia el 21 de enero, Josep-Maria Puigjaner nos viene a repetir que, sin la religión, el mundo sería un caos de violencia y destrucción.
http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20090121/53624417178.html?urlback=http://www.lavanguardia.es/premium/edicionimpresa/20090121/53624417178.html
Hay que recordar las Cruzadas, la Inquisición ("matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos" en la cruzada contra los albigenses), las guerras de religión, promovidas o avaladas por la Iglesia católica. Hay que recordar la noche de San Valentín (el día más feliz de la vida del católico monarca Felipe II fue aquél en que se enteró de esa matanza, perpetrada por orden del cristianísimo rey de Francia), las guerras carlistas, en defensa de Dios, Patria y Rey, la rebelión militar de 1936 y la represión de los vencedores, defensores de la santa fe y jaleados por los obispos.
Hay que recordar que la invasión de Irak fue ordenada por el cristiano renacido George W. Bush, aupado por los poderosos telepredicadores y el sector más integrista de las distintas sectas cristianas de Estados Unidos, en respuesta a la matanza perpetrada el 11-S por los fundamentalistas islámicos, que afirman ser combatientes de la guerra santa, uno de los cinco pilares del Islam, es decir, que cumplen un mandato divino.
Hay que recordar, por fin, que la sangrienta acción militar israelí en Gaza tiene su origen, en definitiva, en la convicción de los judíos de ser el Pueblo elegido por Dios, que les prometió hace siglos la tierra que hoy ocupa el Estado de Israel. Tierra, por cierto, en que sus antepasados entraron a sangre y fuego por orden de Yahvé.
La religión nunca ha sido garantía de paz y convivencia. Los ejemplos expuestos prueban que la Madre Teresa de Calcuta es tan excepcional entre los creyentes como lo es en comparación con los ateos. Da igual si Dios existe, no existe, o si le importamos un comino. Siempre, como dice el Sr. Puigjaner, nos tendremos que armar de humanidad y de bondad inteligente para que el mundo no acabe en la autodestrucción.
P.S.: El autobus ateo lo deben haber financiado los curas. Nunca, de otra forma, se hubiese hablado tanto de Dios.
http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20090121/53624417178.html?urlback=http://www.lavanguardia.es/premium/edicionimpresa/20090121/53624417178.html
Hay que recordar las Cruzadas, la Inquisición ("matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos" en la cruzada contra los albigenses), las guerras de religión, promovidas o avaladas por la Iglesia católica. Hay que recordar la noche de San Valentín (el día más feliz de la vida del católico monarca Felipe II fue aquél en que se enteró de esa matanza, perpetrada por orden del cristianísimo rey de Francia), las guerras carlistas, en defensa de Dios, Patria y Rey, la rebelión militar de 1936 y la represión de los vencedores, defensores de la santa fe y jaleados por los obispos.
Hay que recordar que la invasión de Irak fue ordenada por el cristiano renacido George W. Bush, aupado por los poderosos telepredicadores y el sector más integrista de las distintas sectas cristianas de Estados Unidos, en respuesta a la matanza perpetrada el 11-S por los fundamentalistas islámicos, que afirman ser combatientes de la guerra santa, uno de los cinco pilares del Islam, es decir, que cumplen un mandato divino.
Hay que recordar, por fin, que la sangrienta acción militar israelí en Gaza tiene su origen, en definitiva, en la convicción de los judíos de ser el Pueblo elegido por Dios, que les prometió hace siglos la tierra que hoy ocupa el Estado de Israel. Tierra, por cierto, en que sus antepasados entraron a sangre y fuego por orden de Yahvé.
La religión nunca ha sido garantía de paz y convivencia. Los ejemplos expuestos prueban que la Madre Teresa de Calcuta es tan excepcional entre los creyentes como lo es en comparación con los ateos. Da igual si Dios existe, no existe, o si le importamos un comino. Siempre, como dice el Sr. Puigjaner, nos tendremos que armar de humanidad y de bondad inteligente para que el mundo no acabe en la autodestrucción.
P.S.: El autobus ateo lo deben haber financiado los curas. Nunca, de otra forma, se hubiese hablado tanto de Dios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)