En parte tiene razón Antoni Puigverd en su artículo "La doble moral y la burla", publicado hoy en "La Vanguardia". Nuestra sociedad, o muchos de sus componentes, toleran y aun alaban en "los suyos" lo que denigran y condenan en "los otros".
Así, los sedicentes progresistas condenan la manifestación de Sánchez Dragó de haber practicado el sexo con niñas de trece años, cuando no han hecho aspaviento alguno ante declaraciones u otras manifestaciones proclives a la pederastia procedentes de artistas de izquierda. Inversamente, Esperanza Aguirre, firme defensora de la moral católica, es particularmente comprensiva con Sánchez Dragó.
En esta materia, las cosas están muy claras. La pederastia debe condenarse siempre y los pederastas, incluido el propio Sánchez Dragó deben ser tratados, sencillamente, como apestados. Sólo si muestran arrepentimiento pueden ser aceptados de nuevo en la sociedad, y éso de forma condicional, siempre que no reincidan.
Ahora bien, en el caso de la Iglesia católica hay que distinguir dos cosas: lo anterior vale para los curas pederastas. No debe haber distinción. Pero la doble moral resulta especialmente rechazable en la jerarquía eclesiástica. Y éso es, exactamente, lo que revela el tratamiento tradicional de los casos de pederastia sacerdotal por parte de los Obispos y superiores religiosos.
Quienes no dudaban en condenar a los laicos (al menos si no tenían mucho poder) por sus conductas en materia de sexualidad, sin mostrar ninguna flexibilidad (negar la comunión a divorciados, expulsar a profesores de religión que osaban "vivir en pecado" o contraer matrimonio civil) trataron siempre de ocultar y minimizar los abusos cometidos por clérigos sobre menores, pese a que la doctrina cristiana condena, sin ambages, tales actos.
La razón aducida era "evitar el escándalo". En otros términos, procurar que nadie conociese la verdad, lo que equivale a decir una mentira (sutilezas jesuíticas aparte). ¿Por qué? En mi opinión, para proteger la imagen de la Iglesia y de sus sacerdotes, como seres más santos y más sabios que los meros laicos, en frase de quien la Iglesia venera como san Josemaría Escrivá de Balaguer, "la clase de tropa".
La doble moral es condenable siempre. Pero La Iglesia, que se arroga el derecho a juzgar y condenar a los otros, haciéndolo además en nombre de Dios, no puede permitirse tales flaquezas. Los sacerdotes, pueden caer, pueden pecar; aunque a regañadientes, la jerarquía admite que son sólo hombres, iguales en esencia a los demás. Pero la cúpula, el Papa y los Obispos que afirman ser infalibles por asistirles la tercera persona de la Santísima Trinidad cuando enseñan de manera concorde una doctrina, no pueden actuar en contra de sus propias enseñanzas de manera uniforme. Al menos impunemente.
Benedicto XVI ha adoptado medidas respecto de los pederastas; ha establecido la forma en que las Iglesias particulares deben tratar los casos de pederastia en que los autores sean clérigos, totalmente opuesta a la tradicional. Pero aún no ha explicado por qué la Iglesia, que pretende estar en posesión de la Verdad revelada por Dios mismo, actuaba en cuestiones tan serias de forma totalmente contraria a la que ahora reconoce como correcta y adecuada a la doctrina.
¿Tiene que reconocer que se equivocaron?¿Que la jerarquía eclesiástica abandonó el camino recto por un ídolo, el prestigio, el poder? Si lo hace, ¿puede mantener la arrogancia de quien está en lo cierto?
Sólo veo una posibilidad: un severo examen de conciencia de la estructura jerárquica de la Iglesia. El reconocimiento de que son buscadores de la Verdad, no poseedores de la misma. Y mostrar en su conducta que han aprendido a ser más humildes. Sus enemigos no dejarán de echarles en cara sus contradicciones. Se han exaltado hasta el límite, por éso son humillados con especial saña.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
martes, 29 de diciembre de 2009
Moral católica
En La segunda de "La Vanguardia" de hoy, 29 de diciembre, el vicedirector se despacha a gusto contra los que critican la manifestación en que el cardenal Rouco y el mismo Benedicto XVI atacaron a todo aquel que se apartase de la familia tradicional católica, con especial mención al aborto y al matrimonio homosexual. Abián se burla de los críticos, llamándoles rojos y masones, como en los viejos tiempos; judíos no, no sería políticamente correcto, y separatistas, pues claro, tampoco.
Pero en la página 10 del mismo diario aparece la noticia de que otros dos obispos irlandeses (y católicos, sólo faltaría) han renunciado a sus diócesis por los abusos a niños. No es que los oblispos dimisionarios fuesen acusados de pederastia (bueno, ahora creo que hay que decir efebofilia); lo que hicieron fue lo que siempre ha hecho la Iglesia (la jerarquía eclesiástica, que es la única que tiene voz y voto): encubrir los hechos y ocultar a los culpables.
Los legos no entendemos que la Iglesia encubra hechos gravísimos que atentan directamente contra la doctrina que predica (Mt. 18,6) y que constituyen delitos penados en todos los países civilizados. Y que ni siquiera nos hayan ofrecido una razón mínimamente convincente de ese encubrimiento. El Papa ha lamentado y condenado los casos de pederastia, pero no ha abierto una investigación para determinar las causas del encubrimiento.
No entendemos, pues, que los obispos, sin limpiar primero su casa, se arroguen el derecho de condenar a los demás, sin siquiera oirles, como poseedores de la verdad y la razón. Juzgan y dan lecciones a los demás, sin querer ver la viga en su propio ojo (Mt. 7).
¿Cuál era la familia tradicional? ¿Tal vez aquélla en que el varón podía tener querida, si se lo podía permitir, o frecuentar prostitutas? Ciertamente, los sermones no la presentaban así, pero todo el mundo conocía la realidad, y los obispos contemporizaban con ella.
O, tal vez, aquélla en que una muchacha embarazada era expulsada por el cabeza de familia, en nombre de la honra y de la decencia cristiana y condenada a la prostitución como único medio de vida (si no optaban por recurrir al aborto clandestino). Tampoco lo decía así la hoja parroquial, pero nunca se vió condenar públicamente la acción de todo un caballero cristiano, celoso de su honor y de la decencia de su casa (la mantenida estaba en otra casa, ésta menos decente).
O quizá, aquélla en que el confesor aconsejaba a la mujer maltratada soportar la violencia de su cónyuge, sin osar afear a éste su conducta, porque ello hubiera supuesto atentar contra el orden divino que puso al varón como cabeza de la mujer (Cor. 11,3).
La Iglesia católica, y quiero decir la jerarquía, pues los laicos sólo pueden pagar y obedecer, debiera hacer examen de conciencia y ver si sus acciones responden verdaderamente a la doctrina que dice defender. Si, realmente, los obispos, sacerdotes y fieles están llenos de caridad (Cor. 13) o si su obrar no se adecúa a sus palabras (a la Palabra). Y creo que ese examen le conduciría a una mayor humildad y generosidad. A condenar menos y perdonar más, sin por ello dejar de anunciar lo que consideran es la verdad.
Ahora, estas manifestaciones altisonantes y apocalípticas, contrapuestas a conductas como la que motivó la renuncia de los obispos irlandeses (cuatro, ya) suenan a doble moral, a hipocresía. Que los que pretenden ser sucesores de los apóstoles no sean llamados con el epíteto que usó el mismo Jesús de Nazaret: sepulcros blanqueados (Mt. 23, 23-27href="http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/20091229/53856522693.html">
Pero en la página 10 del mismo diario aparece la noticia de que otros dos obispos irlandeses (y católicos, sólo faltaría) han renunciado a sus diócesis por los abusos a niños. No es que los oblispos dimisionarios fuesen acusados de pederastia (bueno, ahora creo que hay que decir efebofilia); lo que hicieron fue lo que siempre ha hecho la Iglesia (la jerarquía eclesiástica, que es la única que tiene voz y voto): encubrir los hechos y ocultar a los culpables.
Los legos no entendemos que la Iglesia encubra hechos gravísimos que atentan directamente contra la doctrina que predica (Mt. 18,6) y que constituyen delitos penados en todos los países civilizados. Y que ni siquiera nos hayan ofrecido una razón mínimamente convincente de ese encubrimiento. El Papa ha lamentado y condenado los casos de pederastia, pero no ha abierto una investigación para determinar las causas del encubrimiento.
No entendemos, pues, que los obispos, sin limpiar primero su casa, se arroguen el derecho de condenar a los demás, sin siquiera oirles, como poseedores de la verdad y la razón. Juzgan y dan lecciones a los demás, sin querer ver la viga en su propio ojo (Mt. 7).
¿Cuál era la familia tradicional? ¿Tal vez aquélla en que el varón podía tener querida, si se lo podía permitir, o frecuentar prostitutas? Ciertamente, los sermones no la presentaban así, pero todo el mundo conocía la realidad, y los obispos contemporizaban con ella.
O, tal vez, aquélla en que una muchacha embarazada era expulsada por el cabeza de familia, en nombre de la honra y de la decencia cristiana y condenada a la prostitución como único medio de vida (si no optaban por recurrir al aborto clandestino). Tampoco lo decía así la hoja parroquial, pero nunca se vió condenar públicamente la acción de todo un caballero cristiano, celoso de su honor y de la decencia de su casa (la mantenida estaba en otra casa, ésta menos decente).
O quizá, aquélla en que el confesor aconsejaba a la mujer maltratada soportar la violencia de su cónyuge, sin osar afear a éste su conducta, porque ello hubiera supuesto atentar contra el orden divino que puso al varón como cabeza de la mujer (Cor. 11,3).
La Iglesia católica, y quiero decir la jerarquía, pues los laicos sólo pueden pagar y obedecer, debiera hacer examen de conciencia y ver si sus acciones responden verdaderamente a la doctrina que dice defender. Si, realmente, los obispos, sacerdotes y fieles están llenos de caridad (Cor. 13) o si su obrar no se adecúa a sus palabras (a la Palabra). Y creo que ese examen le conduciría a una mayor humildad y generosidad. A condenar menos y perdonar más, sin por ello dejar de anunciar lo que consideran es la verdad.
Ahora, estas manifestaciones altisonantes y apocalípticas, contrapuestas a conductas como la que motivó la renuncia de los obispos irlandeses (cuatro, ya) suenan a doble moral, a hipocresía. Que los que pretenden ser sucesores de los apóstoles no sean llamados con el epíteto que usó el mismo Jesús de Nazaret: sepulcros blanqueados (Mt. 23, 23-27href="http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/20091229/53856522693.html">
sábado, 28 de noviembre de 2009
Excomunión
Tal vez los obispos tengan razón, desde el punto de vista de sus doctrinas, para negar la comunión a los parlamentarios que apoyen la reforma de la ley del aborto.
Pero uno, que ya tiene sus años, recuerda a Pinochet comulgando devotamente, sin que ningún obispo cuestionase su aptitud para hacerlo. Tampoco a Franco se le denegó nunca la comunión, al contrario, entraba en las catedrales bajo palio. Y no creo que nadie ignore que tanto Pinochet como Franco mataron lo suyo. ¿Acaso no se oponen los obispos al aborto en defensa de la vida?
Tampoco recuerdo que la Iglesia católica haya negado nunca la comunión a los etarras o a los curas que les protegían y ayudaban. Y, que yo sepa, ETA ha matado mucho y, a poco que pueda, seguirá haciéndolo.
La Iglesia católica o mejor, la jerarquía católica haría bien comenzando un severo examen de conciencia, a partir de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, a quien afirman seguir. Comparando, en primer lugar, si la doctrina que enseñan los Papas y los obispos se adecúa a esas enseñanzas y, después, si la conducta de quienes han dirigido y dirigen la Iglesia se adapta a ellas. En mis tiempos se decía que Dios no hacía acepción de personas, pero parece que la valoración de los pecados atiende mucho a la ideología del pecador y éso es acepción de personas.
Pero, volviendo a la Ley del aborto, hay que recordar qué se discute. Se modifican las condiciones en que se puede provocar la interrupción del embarazo sin que ello constituya un delito sancionado por el Código Penal. Actualmente la ley lo admite en determinadas circunstancias que dejan un amplio margen para la valoración subjetiva (y para las triquiñuelas legales). La nueva ley pretende establecer un sistema de plazos, de forma que el aborto ocasionado antes de que se cumpla un determinado tiempo de embarazo sería legal y el causado después, delictivo.
Los obispos hacen oir sus voces con ocasión de la tramitación de la nueva ley, pero evitan definirse acerca de la materia tratada: no dicen qué ha de castigarse en vía penal como delito, aunque ésa sea la cuestión planteada en las Cortes. Por ello habría que pedirles que se definan: ¿condenan sólo la nueva ley, con su sistema de plazos, o también la antigua?
La pregunta tiene trascendencia. El Partido Popular defiende el mantenimiento de la norma actualmente vigente, es decir, de la licitud del aborto en determinadas circunstancias. A lo mejor, los obispos tendrían que negar la comunión a todos aquellos diputados que admiten que el aborto pueda ser lícito, aunque sea en determinadas circunstancias. Es decir, a lo mejor tendrían que negar la comunión a los diputados y senadores del PP, a no ser que presenten una enmienda a la ley para que el aborto constituya delito en todo caso.
Si así lo hacen, serán al menos consecuentes y no incurrirán en acepción de personas: mantener una ley contraria a la doctrina de la Iglesia debería ser tan inmoral y pecaminoso como aprobar una ley, distinta, pero igualmente opuesta a esa doctrina. Pero oponerse sólo a la reforma resulta útil para no molestar al Partido Popular, que tan útil resulta para monseñor Rouco y sus hermanos en el episcopado.
Pero uno, que ya tiene sus años, recuerda a Pinochet comulgando devotamente, sin que ningún obispo cuestionase su aptitud para hacerlo. Tampoco a Franco se le denegó nunca la comunión, al contrario, entraba en las catedrales bajo palio. Y no creo que nadie ignore que tanto Pinochet como Franco mataron lo suyo. ¿Acaso no se oponen los obispos al aborto en defensa de la vida?
Tampoco recuerdo que la Iglesia católica haya negado nunca la comunión a los etarras o a los curas que les protegían y ayudaban. Y, que yo sepa, ETA ha matado mucho y, a poco que pueda, seguirá haciéndolo.
La Iglesia católica o mejor, la jerarquía católica haría bien comenzando un severo examen de conciencia, a partir de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, a quien afirman seguir. Comparando, en primer lugar, si la doctrina que enseñan los Papas y los obispos se adecúa a esas enseñanzas y, después, si la conducta de quienes han dirigido y dirigen la Iglesia se adapta a ellas. En mis tiempos se decía que Dios no hacía acepción de personas, pero parece que la valoración de los pecados atiende mucho a la ideología del pecador y éso es acepción de personas.
Pero, volviendo a la Ley del aborto, hay que recordar qué se discute. Se modifican las condiciones en que se puede provocar la interrupción del embarazo sin que ello constituya un delito sancionado por el Código Penal. Actualmente la ley lo admite en determinadas circunstancias que dejan un amplio margen para la valoración subjetiva (y para las triquiñuelas legales). La nueva ley pretende establecer un sistema de plazos, de forma que el aborto ocasionado antes de que se cumpla un determinado tiempo de embarazo sería legal y el causado después, delictivo.
Los obispos hacen oir sus voces con ocasión de la tramitación de la nueva ley, pero evitan definirse acerca de la materia tratada: no dicen qué ha de castigarse en vía penal como delito, aunque ésa sea la cuestión planteada en las Cortes. Por ello habría que pedirles que se definan: ¿condenan sólo la nueva ley, con su sistema de plazos, o también la antigua?
La pregunta tiene trascendencia. El Partido Popular defiende el mantenimiento de la norma actualmente vigente, es decir, de la licitud del aborto en determinadas circunstancias. A lo mejor, los obispos tendrían que negar la comunión a todos aquellos diputados que admiten que el aborto pueda ser lícito, aunque sea en determinadas circunstancias. Es decir, a lo mejor tendrían que negar la comunión a los diputados y senadores del PP, a no ser que presenten una enmienda a la ley para que el aborto constituya delito en todo caso.
Si así lo hacen, serán al menos consecuentes y no incurrirán en acepción de personas: mantener una ley contraria a la doctrina de la Iglesia debería ser tan inmoral y pecaminoso como aprobar una ley, distinta, pero igualmente opuesta a esa doctrina. Pero oponerse sólo a la reforma resulta útil para no molestar al Partido Popular, que tan útil resulta para monseñor Rouco y sus hermanos en el episcopado.
domingo, 1 de febrero de 2009
Benedicto XVI
Benedicto XVI está dando pasos que apuntan hacia ua clara aproximación a las posiciones más conservadoras de la Iglesia, dejando a su predecesor, Juan Pablo II, como un pontífice progresista.
http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090201/53631357310/benedicto-xvi-nombra-obispo-a-un-sacerdote-austriaco-ultraconservador-vaticano-holocausto-europa-wag.html
¿Alguien podría explicarme qué pasos han dado los cuatro obispos integristas para obtener el levantamiento de la excomunión que ha acordado el Papa? Éste autorizó primero la celebración de la Misa según el rito de San Pío V, que era quizá el principal punto de conflicto con los seguidores de monseñor Lefebvre, y después ha levantado la excomunión.
La excomunión supone una exclusión de la comunidad de los fieles presidida por el Papa que se aplica a quien se aparta de la doctrina de la Iglesia, ya sea enseñando una doctrina diferente, ya actuando de forma incompatible con tal doctrina. Que yo sepa, la doctrina de Roma no ha variado, pero tampoco lo ha hecho la posición de los integristas. ¿Entonces?
No me vale que los obispos rehabilitados acepten la autoridad del Papa. Negaban esta autoridad porque, según ellos, se había apartado de la verdadera doctrina cristiana. Y con sus actos, Benedicto XVI parece darles la razón: es él quien ha cambiado la posición de la Iglesia, él quien acepta lo que su predecesor había considerado inaceptable, permitiendo que dentro de la Iglesia católica se sigan dos ritos diferentes.
El nombramiento de otro obispo ultraconservador puede estar justificado por diversas razones. Pero apunta también a una involución del Papado hacia las posiciones anteriores (y contrarias) al Concilio Vaticano II. Sería un gran escándalo que el Papa desautorizase al Concilio. Quo vadis, Benedicte?
http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090201/53631357310/benedicto-xvi-nombra-obispo-a-un-sacerdote-austriaco-ultraconservador-vaticano-holocausto-europa-wag.html
¿Alguien podría explicarme qué pasos han dado los cuatro obispos integristas para obtener el levantamiento de la excomunión que ha acordado el Papa? Éste autorizó primero la celebración de la Misa según el rito de San Pío V, que era quizá el principal punto de conflicto con los seguidores de monseñor Lefebvre, y después ha levantado la excomunión.
La excomunión supone una exclusión de la comunidad de los fieles presidida por el Papa que se aplica a quien se aparta de la doctrina de la Iglesia, ya sea enseñando una doctrina diferente, ya actuando de forma incompatible con tal doctrina. Que yo sepa, la doctrina de Roma no ha variado, pero tampoco lo ha hecho la posición de los integristas. ¿Entonces?
No me vale que los obispos rehabilitados acepten la autoridad del Papa. Negaban esta autoridad porque, según ellos, se había apartado de la verdadera doctrina cristiana. Y con sus actos, Benedicto XVI parece darles la razón: es él quien ha cambiado la posición de la Iglesia, él quien acepta lo que su predecesor había considerado inaceptable, permitiendo que dentro de la Iglesia católica se sigan dos ritos diferentes.
El nombramiento de otro obispo ultraconservador puede estar justificado por diversas razones. Pero apunta también a una involución del Papado hacia las posiciones anteriores (y contrarias) al Concilio Vaticano II. Sería un gran escándalo que el Papa desautorizase al Concilio. Quo vadis, Benedicte?
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