En parte tiene razón Antoni Puigverd en su artículo "La doble moral y la burla", publicado hoy en "La Vanguardia". Nuestra sociedad, o muchos de sus componentes, toleran y aun alaban en "los suyos" lo que denigran y condenan en "los otros".
Así, los sedicentes progresistas condenan la manifestación de Sánchez Dragó de haber practicado el sexo con niñas de trece años, cuando no han hecho aspaviento alguno ante declaraciones u otras manifestaciones proclives a la pederastia procedentes de artistas de izquierda. Inversamente, Esperanza Aguirre, firme defensora de la moral católica, es particularmente comprensiva con Sánchez Dragó.
En esta materia, las cosas están muy claras. La pederastia debe condenarse siempre y los pederastas, incluido el propio Sánchez Dragó deben ser tratados, sencillamente, como apestados. Sólo si muestran arrepentimiento pueden ser aceptados de nuevo en la sociedad, y éso de forma condicional, siempre que no reincidan.
Ahora bien, en el caso de la Iglesia católica hay que distinguir dos cosas: lo anterior vale para los curas pederastas. No debe haber distinción. Pero la doble moral resulta especialmente rechazable en la jerarquía eclesiástica. Y éso es, exactamente, lo que revela el tratamiento tradicional de los casos de pederastia sacerdotal por parte de los Obispos y superiores religiosos.
Quienes no dudaban en condenar a los laicos (al menos si no tenían mucho poder) por sus conductas en materia de sexualidad, sin mostrar ninguna flexibilidad (negar la comunión a divorciados, expulsar a profesores de religión que osaban "vivir en pecado" o contraer matrimonio civil) trataron siempre de ocultar y minimizar los abusos cometidos por clérigos sobre menores, pese a que la doctrina cristiana condena, sin ambages, tales actos.
La razón aducida era "evitar el escándalo". En otros términos, procurar que nadie conociese la verdad, lo que equivale a decir una mentira (sutilezas jesuíticas aparte). ¿Por qué? En mi opinión, para proteger la imagen de la Iglesia y de sus sacerdotes, como seres más santos y más sabios que los meros laicos, en frase de quien la Iglesia venera como san Josemaría Escrivá de Balaguer, "la clase de tropa".
La doble moral es condenable siempre. Pero La Iglesia, que se arroga el derecho a juzgar y condenar a los otros, haciéndolo además en nombre de Dios, no puede permitirse tales flaquezas. Los sacerdotes, pueden caer, pueden pecar; aunque a regañadientes, la jerarquía admite que son sólo hombres, iguales en esencia a los demás. Pero la cúpula, el Papa y los Obispos que afirman ser infalibles por asistirles la tercera persona de la Santísima Trinidad cuando enseñan de manera concorde una doctrina, no pueden actuar en contra de sus propias enseñanzas de manera uniforme. Al menos impunemente.
Benedicto XVI ha adoptado medidas respecto de los pederastas; ha establecido la forma en que las Iglesias particulares deben tratar los casos de pederastia en que los autores sean clérigos, totalmente opuesta a la tradicional. Pero aún no ha explicado por qué la Iglesia, que pretende estar en posesión de la Verdad revelada por Dios mismo, actuaba en cuestiones tan serias de forma totalmente contraria a la que ahora reconoce como correcta y adecuada a la doctrina.
¿Tiene que reconocer que se equivocaron?¿Que la jerarquía eclesiástica abandonó el camino recto por un ídolo, el prestigio, el poder? Si lo hace, ¿puede mantener la arrogancia de quien está en lo cierto?
Sólo veo una posibilidad: un severo examen de conciencia de la estructura jerárquica de la Iglesia. El reconocimiento de que son buscadores de la Verdad, no poseedores de la misma. Y mostrar en su conducta que han aprendido a ser más humildes. Sus enemigos no dejarán de echarles en cara sus contradicciones. Se han exaltado hasta el límite, por éso son humillados con especial saña.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
Pederastia
No, Santidad, Eminencias, Ilustrísimas, Reverendos Padres: no hay una campaña de propaganda anticatólica. Lo que hay es que la Iglesia se ha metido, ella sola, en un jardín del que no sabe salir, ha mantenido una conducta gravemente contradictoria que tiene confundidos a los fieles y da armas a los adversarios, que serían tontos si no las aprovechasen. Pero todo ha sido culpa de la jerarquía eclesiástica.
El escándalo de la pederastia de algunos sacerdotes (demasiados, pero aún una minoría) no son los propios abusos. En todas las organizaciones, en todas las instituciones, hay personas que hacen precisamente lo más contrario a las reglas y propósitos de esas instituciones. Pero el que alguna vez se descubra un bombero pirómano, si bien no beneficia en nada al cuerpo de bomberos, no lo descalifica totalmente, porque la gente les ve luchando contra el fuego, muchas veces con riesgo de sus vidas.
El escándalo de la pederastia está en que la jerarquía católica ha seguido férreamente una estrategia contraria a su ideario y, en realidad, a sus intereses: ha ocultado los delitos de pederastia, limitándose, cuando más, a trasladar a los culpables, dándoles frecuentemente la ocasión para proseguir su execrable comportamiento. No se ha tratado de una reacción aislada de un Obispo bienintencionado pero equivocado, o de un dignatario más preocupado de su carrera que de su función pastoral. Ha sido una consigna tan universal que resulta difícil creer que no haya sido impartida explícitamente por la cadena de mando.
Y, claro, cuando una institución se permite juzgar y condenar al resto de la humanidad, y no sólo éso, sino afirmar que lo hace en nombre de Dios, es decir, que su juicio y su condena tiene un valor absoluto, no se puede permitir errores, y menos tan burdos como el presente. Ocultar la verdad es una forma de mentira y, puesto que la pederastia está penada como delito en todos los países, esa ocultación puede ser calificada como encubrimiento que es, también, una conducta delictiva.
No es creíble la excusa de que pretendieron evitar el escándalo: la depuración de los sacerdotes culpables hubiese evitado el escándalo que ahora soporta la Iglesia. Hubiese puesto de manifiesto que la institución no tolera esas conductas, radicalmente contrarias a las doctrinas que predica. Poco importa si se acordaba la reducción al estado laical o el ingreso en una orden de clausura, sin contacto exterior ni, sobre todo, con menores.
En realidad, lo que pretendió esta ocultación es, precisamente, aparentar una santidad, una irreprochabilidad que ni existe ni debe existir. Los clérigos son seres humanos y, como tales, yerran, se equivocan, son débiles, sujetos a pasiones, imperfectos. Son pecadores, en la jerga eclesial.
Pero la Iglesia católica, la jerarquía católica ha tratado siempre de aparentar que sacerdotes y religiosos son seres superiores a los simples mortales, a fin de reforzar esa idea de que sus palabras, sus condenas, pese a salir de labios humanos están pronunciadas con la voz de Dios, inspiradas por el aliento divino.
De ahí que usen aún una lengua muerta, que siempre ha ignorado la mayoría de los fieles cristianos. Que hayan usado y aún usen unas vestiduras que no sólo les identifican, como todo uniforme, sino que les diferencia del común de los mortales (el clergyman es similar a las ropas civiles, pero la sotana no tiene un parangón sino en vestiduras rituales, como la toga de los abogados). Que hayan usado (y aún se ve, aunque raramente) unas formalidades especiales: a un sacerdote se le besaba la mano, a un Obispo, el anillo ¡haciendo una genuflexión! Que utilicen tratamientos inusuales: quienes no deben tener hijos son llamados "Padre"; Ilústrisima, Eminencia, Santidad, Reverendísimo Padre...
El besamanos es especialmente interesante. Aunque doctrinalmente nunca lo aceptarían, la consagración de las manos del sacerdote, único que puede celebrar la Eucaristía, lleva a la conclusión de que algo aporta al Sacramento, de que el milagro no es únicamente divino, sino que contribuye algún poder especial del celebrante. En definitiva, que el sacerdote es un taumaturgo.
El celibato viene a reforzar esta apariencia. El sacerdote es superior a los demás hombres porque puede triunfar sobre sus pasiones, someter el impulso más fuerte que tienen todos los seres vivos, después de la conservación de la vida (y, a veces, incluso antes). De ahí que lo mantengan con tanto ahinco, pese a la pérdida de vocaciones.
Aún más, hay un silogismo implícito en la defensa del celibato sacerdotal: Jesús fue célibe (aunque no esté demostrado, como tampoco lo está lo contrario); Jesús era superior a los hombres; los sacerdotes son célibes, ergo...
La ocultación de los casos de pederastia sirve para la defensa de este mito de la superioridad del clero. Cualquier debilidad, cualquier fallo de un sacerdote debe ser disimulada, muy especialmente si pertenece al campo de la sexualidad. Pero, si se trata de pederastia, una conducta considerada por la sociedad y especialmente por la Iglesia especialmente baja, especialmente reprobable, con más razón, puesto que echa por tierra esa supuesta superiordad de los clérigos: quien puede caer tan bajo en modo alguno podía estar tan elevado como pretenden. Quien está tan cerca de la inhumanidad, en modo alguno puede ser sobrehumano.
Irónicamente, tal vez este mito haya contribuido a atraer al sacerdocio a algunos de los que han incurrido en actos de pederastia (pedofilia, efebofilia, como quieran llamarle). La ficción de que los sacerdotes son seres superiores, capaces de controlar sus impulsos, puede haber conducido a jóvenes católicos temerosos de su sexualidad a ingresar en el seminario, creyendo que si llegan a ser sacerdotes quedarán libres de esos impulsos que sus creencias rechazan (incluso sin ser plenamente conscientes de tales impulsos).
¿Cabe alguna solución? La jerarquía ha errado, la jerarquía debe asumir la culpa. No vale decir, como hemos leído, que la Iglesia no son sólo el Papa y los Obispos. En una institución rígidamente jerárquica, no se puede imputar un error a quienes sólo pueden obedecer, además de que, como hemos señalado, han sido los ordinarios y los superiores religiosos los que han dado pie al escándalo al ocultar los actos de pederastia.
Pero tal vez quepa proponer como solución una cura de humildad. Que reconozcan que han errado, que son humanos y como tales falibles. Que acepten que son seguidores de la Verdad, y no poseedores y aun propietarios de la misma, por lo que pueden extraviarse y sólo les queda el consuelo de rectificar contínuamente sus errores. En definitiva, que son como todos nosotros.
El escándalo de la pederastia de algunos sacerdotes (demasiados, pero aún una minoría) no son los propios abusos. En todas las organizaciones, en todas las instituciones, hay personas que hacen precisamente lo más contrario a las reglas y propósitos de esas instituciones. Pero el que alguna vez se descubra un bombero pirómano, si bien no beneficia en nada al cuerpo de bomberos, no lo descalifica totalmente, porque la gente les ve luchando contra el fuego, muchas veces con riesgo de sus vidas.
El escándalo de la pederastia está en que la jerarquía católica ha seguido férreamente una estrategia contraria a su ideario y, en realidad, a sus intereses: ha ocultado los delitos de pederastia, limitándose, cuando más, a trasladar a los culpables, dándoles frecuentemente la ocasión para proseguir su execrable comportamiento. No se ha tratado de una reacción aislada de un Obispo bienintencionado pero equivocado, o de un dignatario más preocupado de su carrera que de su función pastoral. Ha sido una consigna tan universal que resulta difícil creer que no haya sido impartida explícitamente por la cadena de mando.
Y, claro, cuando una institución se permite juzgar y condenar al resto de la humanidad, y no sólo éso, sino afirmar que lo hace en nombre de Dios, es decir, que su juicio y su condena tiene un valor absoluto, no se puede permitir errores, y menos tan burdos como el presente. Ocultar la verdad es una forma de mentira y, puesto que la pederastia está penada como delito en todos los países, esa ocultación puede ser calificada como encubrimiento que es, también, una conducta delictiva.
No es creíble la excusa de que pretendieron evitar el escándalo: la depuración de los sacerdotes culpables hubiese evitado el escándalo que ahora soporta la Iglesia. Hubiese puesto de manifiesto que la institución no tolera esas conductas, radicalmente contrarias a las doctrinas que predica. Poco importa si se acordaba la reducción al estado laical o el ingreso en una orden de clausura, sin contacto exterior ni, sobre todo, con menores.
En realidad, lo que pretendió esta ocultación es, precisamente, aparentar una santidad, una irreprochabilidad que ni existe ni debe existir. Los clérigos son seres humanos y, como tales, yerran, se equivocan, son débiles, sujetos a pasiones, imperfectos. Son pecadores, en la jerga eclesial.
Pero la Iglesia católica, la jerarquía católica ha tratado siempre de aparentar que sacerdotes y religiosos son seres superiores a los simples mortales, a fin de reforzar esa idea de que sus palabras, sus condenas, pese a salir de labios humanos están pronunciadas con la voz de Dios, inspiradas por el aliento divino.
De ahí que usen aún una lengua muerta, que siempre ha ignorado la mayoría de los fieles cristianos. Que hayan usado y aún usen unas vestiduras que no sólo les identifican, como todo uniforme, sino que les diferencia del común de los mortales (el clergyman es similar a las ropas civiles, pero la sotana no tiene un parangón sino en vestiduras rituales, como la toga de los abogados). Que hayan usado (y aún se ve, aunque raramente) unas formalidades especiales: a un sacerdote se le besaba la mano, a un Obispo, el anillo ¡haciendo una genuflexión! Que utilicen tratamientos inusuales: quienes no deben tener hijos son llamados "Padre"; Ilústrisima, Eminencia, Santidad, Reverendísimo Padre...
El besamanos es especialmente interesante. Aunque doctrinalmente nunca lo aceptarían, la consagración de las manos del sacerdote, único que puede celebrar la Eucaristía, lleva a la conclusión de que algo aporta al Sacramento, de que el milagro no es únicamente divino, sino que contribuye algún poder especial del celebrante. En definitiva, que el sacerdote es un taumaturgo.
El celibato viene a reforzar esta apariencia. El sacerdote es superior a los demás hombres porque puede triunfar sobre sus pasiones, someter el impulso más fuerte que tienen todos los seres vivos, después de la conservación de la vida (y, a veces, incluso antes). De ahí que lo mantengan con tanto ahinco, pese a la pérdida de vocaciones.
Aún más, hay un silogismo implícito en la defensa del celibato sacerdotal: Jesús fue célibe (aunque no esté demostrado, como tampoco lo está lo contrario); Jesús era superior a los hombres; los sacerdotes son célibes, ergo...
La ocultación de los casos de pederastia sirve para la defensa de este mito de la superioridad del clero. Cualquier debilidad, cualquier fallo de un sacerdote debe ser disimulada, muy especialmente si pertenece al campo de la sexualidad. Pero, si se trata de pederastia, una conducta considerada por la sociedad y especialmente por la Iglesia especialmente baja, especialmente reprobable, con más razón, puesto que echa por tierra esa supuesta superiordad de los clérigos: quien puede caer tan bajo en modo alguno podía estar tan elevado como pretenden. Quien está tan cerca de la inhumanidad, en modo alguno puede ser sobrehumano.
Irónicamente, tal vez este mito haya contribuido a atraer al sacerdocio a algunos de los que han incurrido en actos de pederastia (pedofilia, efebofilia, como quieran llamarle). La ficción de que los sacerdotes son seres superiores, capaces de controlar sus impulsos, puede haber conducido a jóvenes católicos temerosos de su sexualidad a ingresar en el seminario, creyendo que si llegan a ser sacerdotes quedarán libres de esos impulsos que sus creencias rechazan (incluso sin ser plenamente conscientes de tales impulsos).
¿Cabe alguna solución? La jerarquía ha errado, la jerarquía debe asumir la culpa. No vale decir, como hemos leído, que la Iglesia no son sólo el Papa y los Obispos. En una institución rígidamente jerárquica, no se puede imputar un error a quienes sólo pueden obedecer, además de que, como hemos señalado, han sido los ordinarios y los superiores religiosos los que han dado pie al escándalo al ocultar los actos de pederastia.
Pero tal vez quepa proponer como solución una cura de humildad. Que reconozcan que han errado, que son humanos y como tales falibles. Que acepten que son seguidores de la Verdad, y no poseedores y aun propietarios de la misma, por lo que pueden extraviarse y sólo les queda el consuelo de rectificar contínuamente sus errores. En definitiva, que son como todos nosotros.
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martes, 29 de diciembre de 2009
Moral católica
En La segunda de "La Vanguardia" de hoy, 29 de diciembre, el vicedirector se despacha a gusto contra los que critican la manifestación en que el cardenal Rouco y el mismo Benedicto XVI atacaron a todo aquel que se apartase de la familia tradicional católica, con especial mención al aborto y al matrimonio homosexual. Abián se burla de los críticos, llamándoles rojos y masones, como en los viejos tiempos; judíos no, no sería políticamente correcto, y separatistas, pues claro, tampoco.
Pero en la página 10 del mismo diario aparece la noticia de que otros dos obispos irlandeses (y católicos, sólo faltaría) han renunciado a sus diócesis por los abusos a niños. No es que los oblispos dimisionarios fuesen acusados de pederastia (bueno, ahora creo que hay que decir efebofilia); lo que hicieron fue lo que siempre ha hecho la Iglesia (la jerarquía eclesiástica, que es la única que tiene voz y voto): encubrir los hechos y ocultar a los culpables.
Los legos no entendemos que la Iglesia encubra hechos gravísimos que atentan directamente contra la doctrina que predica (Mt. 18,6) y que constituyen delitos penados en todos los países civilizados. Y que ni siquiera nos hayan ofrecido una razón mínimamente convincente de ese encubrimiento. El Papa ha lamentado y condenado los casos de pederastia, pero no ha abierto una investigación para determinar las causas del encubrimiento.
No entendemos, pues, que los obispos, sin limpiar primero su casa, se arroguen el derecho de condenar a los demás, sin siquiera oirles, como poseedores de la verdad y la razón. Juzgan y dan lecciones a los demás, sin querer ver la viga en su propio ojo (Mt. 7).
¿Cuál era la familia tradicional? ¿Tal vez aquélla en que el varón podía tener querida, si se lo podía permitir, o frecuentar prostitutas? Ciertamente, los sermones no la presentaban así, pero todo el mundo conocía la realidad, y los obispos contemporizaban con ella.
O, tal vez, aquélla en que una muchacha embarazada era expulsada por el cabeza de familia, en nombre de la honra y de la decencia cristiana y condenada a la prostitución como único medio de vida (si no optaban por recurrir al aborto clandestino). Tampoco lo decía así la hoja parroquial, pero nunca se vió condenar públicamente la acción de todo un caballero cristiano, celoso de su honor y de la decencia de su casa (la mantenida estaba en otra casa, ésta menos decente).
O quizá, aquélla en que el confesor aconsejaba a la mujer maltratada soportar la violencia de su cónyuge, sin osar afear a éste su conducta, porque ello hubiera supuesto atentar contra el orden divino que puso al varón como cabeza de la mujer (Cor. 11,3).
La Iglesia católica, y quiero decir la jerarquía, pues los laicos sólo pueden pagar y obedecer, debiera hacer examen de conciencia y ver si sus acciones responden verdaderamente a la doctrina que dice defender. Si, realmente, los obispos, sacerdotes y fieles están llenos de caridad (Cor. 13) o si su obrar no se adecúa a sus palabras (a la Palabra). Y creo que ese examen le conduciría a una mayor humildad y generosidad. A condenar menos y perdonar más, sin por ello dejar de anunciar lo que consideran es la verdad.
Ahora, estas manifestaciones altisonantes y apocalípticas, contrapuestas a conductas como la que motivó la renuncia de los obispos irlandeses (cuatro, ya) suenan a doble moral, a hipocresía. Que los que pretenden ser sucesores de los apóstoles no sean llamados con el epíteto que usó el mismo Jesús de Nazaret: sepulcros blanqueados (Mt. 23, 23-27href="http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/20091229/53856522693.html">
Pero en la página 10 del mismo diario aparece la noticia de que otros dos obispos irlandeses (y católicos, sólo faltaría) han renunciado a sus diócesis por los abusos a niños. No es que los oblispos dimisionarios fuesen acusados de pederastia (bueno, ahora creo que hay que decir efebofilia); lo que hicieron fue lo que siempre ha hecho la Iglesia (la jerarquía eclesiástica, que es la única que tiene voz y voto): encubrir los hechos y ocultar a los culpables.
Los legos no entendemos que la Iglesia encubra hechos gravísimos que atentan directamente contra la doctrina que predica (Mt. 18,6) y que constituyen delitos penados en todos los países civilizados. Y que ni siquiera nos hayan ofrecido una razón mínimamente convincente de ese encubrimiento. El Papa ha lamentado y condenado los casos de pederastia, pero no ha abierto una investigación para determinar las causas del encubrimiento.
No entendemos, pues, que los obispos, sin limpiar primero su casa, se arroguen el derecho de condenar a los demás, sin siquiera oirles, como poseedores de la verdad y la razón. Juzgan y dan lecciones a los demás, sin querer ver la viga en su propio ojo (Mt. 7).
¿Cuál era la familia tradicional? ¿Tal vez aquélla en que el varón podía tener querida, si se lo podía permitir, o frecuentar prostitutas? Ciertamente, los sermones no la presentaban así, pero todo el mundo conocía la realidad, y los obispos contemporizaban con ella.
O, tal vez, aquélla en que una muchacha embarazada era expulsada por el cabeza de familia, en nombre de la honra y de la decencia cristiana y condenada a la prostitución como único medio de vida (si no optaban por recurrir al aborto clandestino). Tampoco lo decía así la hoja parroquial, pero nunca se vió condenar públicamente la acción de todo un caballero cristiano, celoso de su honor y de la decencia de su casa (la mantenida estaba en otra casa, ésta menos decente).
O quizá, aquélla en que el confesor aconsejaba a la mujer maltratada soportar la violencia de su cónyuge, sin osar afear a éste su conducta, porque ello hubiera supuesto atentar contra el orden divino que puso al varón como cabeza de la mujer (Cor. 11,3).
La Iglesia católica, y quiero decir la jerarquía, pues los laicos sólo pueden pagar y obedecer, debiera hacer examen de conciencia y ver si sus acciones responden verdaderamente a la doctrina que dice defender. Si, realmente, los obispos, sacerdotes y fieles están llenos de caridad (Cor. 13) o si su obrar no se adecúa a sus palabras (a la Palabra). Y creo que ese examen le conduciría a una mayor humildad y generosidad. A condenar menos y perdonar más, sin por ello dejar de anunciar lo que consideran es la verdad.
Ahora, estas manifestaciones altisonantes y apocalípticas, contrapuestas a conductas como la que motivó la renuncia de los obispos irlandeses (cuatro, ya) suenan a doble moral, a hipocresía. Que los que pretenden ser sucesores de los apóstoles no sean llamados con el epíteto que usó el mismo Jesús de Nazaret: sepulcros blanqueados (Mt. 23, 23-27href="http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/20091229/53856522693.html">
domingo, 22 de marzo de 2009
Preservativo
Benedicto XVI ha reiterado en África la oposición de la Iglesia católica al uso del preservativo, afirmando que no sólo no es un medio adecuado para la lucha contra el sida, sino que agrava el riesgo de la enfermedad. Naturalmente, ha generado un alud de críticas (http://www.lavanguardia.es/lv24h/20090322/53665580230.html).
Resulta lógico que el Papa aconseje la abstinencia sexual, ya que es su doctrina de siempre. Pero se entiende menos que se obstine en condenar el preservativo que, en definitiva, es un elemento material, no espiritual. El acto con trascendencia moral es el tener relaciones sexuales; el preservativo, a estos efectos, es una mera circunstancia.
La Iglesia católica no espera que el ser humano evite siempre las acciones que califica como pecados; de ahí que reconozca el sacramento de la Penitencia, que sirve para reconciliar al hombre con Dios, hasta el próximo pecado. Jesús ordena a Pedro perdonar a su hermano hasta setenta veces siete (Mt. 18., 22), lo que evidencia que ya esperaba que volviese a pecar.
En todos los pecados, la Iglesia cuenta con la debilidad humana, que lleva al hombre a caer una y otra vez, y le insta a levantarse. Pero, en materia sexual, su doctrina cambia. Aquí no puede haber debilidad alguna. No se pide al ser humano que se vuelva a levantar, sino que se le exige que no peque en absoluto: sólo la abstinencia absoluta evita realmente el sida. Contra la evidencia: los tristes casos de curas pederastas ponen de manifiesto la dificultad de vencer el impulso natural más fuerte que hay en todos los seres vivos.
No es tampoco un pecado más grave que los demás: la pena que implica es la misma que cualquier otro pecado mortal, ya sea la blasfemia o el genocidio. En todos los casos, la pena es la condenación eterna, un dolor infinito.
Sería, pues, lógico, que la Iglesia guardase un prudente silencio acerca del preservativo, aceptando al menos que su uso puede evitar la propagación de la enfermedad, ya que la abstinencia sexual absoluta es una quimera. Si el contagio puede producirse en una única relación, el uso del preservativo es un acto de responsabilidad, hacia uno mismo, hacia el otro y hacia todos, tanto en quien cede al instinto por una sola vez como en quien tiene una sexualidad promiscua.
¿Por qué, pues, tanta oposición al preservativo? Sólo se me ocurre la siguiente explicación: porque libera del miedo, y el miedo es el instrumento evangelizador por excelencia de la Iglesia católica. Miedo al infierno, miedo a la Inquisición, miedo al qué dirán, miedo a la autoridad o, en este caso, miedo a la enfermedad. La Iglesia no consigue ilusionar con su mensaje, tal vez ya ni lo intenta. Por éso busca que el miedo consiga lo que su predicación no obtiene.
Resulta lógico que el Papa aconseje la abstinencia sexual, ya que es su doctrina de siempre. Pero se entiende menos que se obstine en condenar el preservativo que, en definitiva, es un elemento material, no espiritual. El acto con trascendencia moral es el tener relaciones sexuales; el preservativo, a estos efectos, es una mera circunstancia.
La Iglesia católica no espera que el ser humano evite siempre las acciones que califica como pecados; de ahí que reconozca el sacramento de la Penitencia, que sirve para reconciliar al hombre con Dios, hasta el próximo pecado. Jesús ordena a Pedro perdonar a su hermano hasta setenta veces siete (Mt. 18., 22), lo que evidencia que ya esperaba que volviese a pecar.
En todos los pecados, la Iglesia cuenta con la debilidad humana, que lleva al hombre a caer una y otra vez, y le insta a levantarse. Pero, en materia sexual, su doctrina cambia. Aquí no puede haber debilidad alguna. No se pide al ser humano que se vuelva a levantar, sino que se le exige que no peque en absoluto: sólo la abstinencia absoluta evita realmente el sida. Contra la evidencia: los tristes casos de curas pederastas ponen de manifiesto la dificultad de vencer el impulso natural más fuerte que hay en todos los seres vivos.
No es tampoco un pecado más grave que los demás: la pena que implica es la misma que cualquier otro pecado mortal, ya sea la blasfemia o el genocidio. En todos los casos, la pena es la condenación eterna, un dolor infinito.
Sería, pues, lógico, que la Iglesia guardase un prudente silencio acerca del preservativo, aceptando al menos que su uso puede evitar la propagación de la enfermedad, ya que la abstinencia sexual absoluta es una quimera. Si el contagio puede producirse en una única relación, el uso del preservativo es un acto de responsabilidad, hacia uno mismo, hacia el otro y hacia todos, tanto en quien cede al instinto por una sola vez como en quien tiene una sexualidad promiscua.
¿Por qué, pues, tanta oposición al preservativo? Sólo se me ocurre la siguiente explicación: porque libera del miedo, y el miedo es el instrumento evangelizador por excelencia de la Iglesia católica. Miedo al infierno, miedo a la Inquisición, miedo al qué dirán, miedo a la autoridad o, en este caso, miedo a la enfermedad. La Iglesia no consigue ilusionar con su mensaje, tal vez ya ni lo intenta. Por éso busca que el miedo consiga lo que su predicación no obtiene.
sábado, 7 de febrero de 2009
Curas pederastas
Comprendo perfectamente que un sacerdote tenga una relación con una mujer. Lo que no puedo admitir es que luego pretenda dar lecciones a nadie en materia de moral sexual. Menos aún puedo entender que haga lo mismo un pederasta.
Ahora bien, ésa ha sido precisamente la conducta preconizada por la jerarquía eclesiástica: ocultar los hechos y seguir aferrándose a una supuesta superioridad moral. Porque en ésta radica, a mi juicio, la explicación.
La Iglesia ha pretendido siempre que sus sacerdotes y obispos sean vistos como seres superiores a los simples hombres, casi como ángeles corpóreos. De ahí que utilicen o hayan utilizado ropas especiales, una lengua sagrada, títulos rimbombantes: reverendo padre (justo quien no debe tener hijos), Ilustrísima, Eminencia, Santidad; unas muestras de respeto que a nadie más se deben (a un sacerdote se le besaba la mano; a un obispo, el anillo ¡haciendo una genuflexión!). Naturalmente, esta pretensión nunca se ha expresado; tal vez, incluso, sea inconsciente, pero resulta evidente.
El celibato sacerdotal es un elemento clave en esta ficción: el sacerdote debía ser visto como alguien que está por encima de los impulsos más fuertes de los seres humanos (y de todo el reino animal), alguien inmune al deseo sexual o que lo domina. El razonamiento sería el siguiente: Jesús fue célibe (según enseña la Iglesia); Jesús era superior a los hombres (era Dios). Los sacerdotes son célibes, luego...
El objetivo es mantener el control del clero sobre la Iglesia y el ascendiente sobre la sociedad. Que un seglar, por virtuoso que sea y por amplia que sea su formación, quede en una posición siempre secundaria ante el clérigo, cuya virtud es automáticamente superior por el celibato. De ahí la importancia de sostener que Jesús fue célibe, lo que no ha sido probado (como no se ha probado que fuese casado: simplemente ignoramos su estado civil).
Naturalmente, las infracciones del celibato deben ser ocultadas, pues ponen en peligro este mito de la superioridad del clero. Y los casos de sacerdotes pederastas deben ser ocultados con especial cuidado, ya que la pederastia es algo extremadamente bajo y, por tanto, pone de manifiesto que el sacerdote no es superior a los demás hombres: si lo fuese, no tendría ninguna dificultad en evitarla.
Curiosamente, este mito puede ser, en parte, culpable de los casos de sacerdotes pederastas, cuyo número, por reducido que sea en términos absolutos, es sorprendentemente elevado dada la doctrina de la Iglesia en materia sexual. ¿No será que jóvenes católicos que sienten que su sexualidad no se ajusta a los cánones de la Iglesia ven reforzada su vocación por la promesa (implícita en el mito) de que si se convierten en sacerdotes lograrán controlar sus deseos? El mito, en lugar de alejarles del sacerdocio, como debiera suceder, les atrae a él. Naturalmente, una vez han cantado misa, descubren que la sotana no es una protección contra el deseo, que han de combatir todos los días igual que si hubiesen sido seglares. Y, además, sus funciones les ponen frecuentemente en contacto con menores, cuyos padres confían en ellos también influidos por el mito.
Cuidado: no sostengo que este sea el caso de todos los sacerdotes. No pretendo negar ni la fe ni la vocación de entrega de muchos sacerdotes, al menos en un principio, incluso de los que han caído en la pederastia. Sólo apunto una posible explicación de la contradicción que supone que la Iglesia haya tratado activamente de proteger a delincuentes que han cometido un crimen que, en teoría, considera especialmente odioso y que hayan surgido tantos casos precisamente entre quienes debieran ser menos proclives a ese delito. Quizá, si llegan a leer estas líneas, quienes dirigen la Iglesia, en lugar de condenar, como suelen hacer, debieran reflexionar.
Ahora bien, ésa ha sido precisamente la conducta preconizada por la jerarquía eclesiástica: ocultar los hechos y seguir aferrándose a una supuesta superioridad moral. Porque en ésta radica, a mi juicio, la explicación.
La Iglesia ha pretendido siempre que sus sacerdotes y obispos sean vistos como seres superiores a los simples hombres, casi como ángeles corpóreos. De ahí que utilicen o hayan utilizado ropas especiales, una lengua sagrada, títulos rimbombantes: reverendo padre (justo quien no debe tener hijos), Ilustrísima, Eminencia, Santidad; unas muestras de respeto que a nadie más se deben (a un sacerdote se le besaba la mano; a un obispo, el anillo ¡haciendo una genuflexión!). Naturalmente, esta pretensión nunca se ha expresado; tal vez, incluso, sea inconsciente, pero resulta evidente.
El celibato sacerdotal es un elemento clave en esta ficción: el sacerdote debía ser visto como alguien que está por encima de los impulsos más fuertes de los seres humanos (y de todo el reino animal), alguien inmune al deseo sexual o que lo domina. El razonamiento sería el siguiente: Jesús fue célibe (según enseña la Iglesia); Jesús era superior a los hombres (era Dios). Los sacerdotes son célibes, luego...
El objetivo es mantener el control del clero sobre la Iglesia y el ascendiente sobre la sociedad. Que un seglar, por virtuoso que sea y por amplia que sea su formación, quede en una posición siempre secundaria ante el clérigo, cuya virtud es automáticamente superior por el celibato. De ahí la importancia de sostener que Jesús fue célibe, lo que no ha sido probado (como no se ha probado que fuese casado: simplemente ignoramos su estado civil).
Naturalmente, las infracciones del celibato deben ser ocultadas, pues ponen en peligro este mito de la superioridad del clero. Y los casos de sacerdotes pederastas deben ser ocultados con especial cuidado, ya que la pederastia es algo extremadamente bajo y, por tanto, pone de manifiesto que el sacerdote no es superior a los demás hombres: si lo fuese, no tendría ninguna dificultad en evitarla.
Curiosamente, este mito puede ser, en parte, culpable de los casos de sacerdotes pederastas, cuyo número, por reducido que sea en términos absolutos, es sorprendentemente elevado dada la doctrina de la Iglesia en materia sexual. ¿No será que jóvenes católicos que sienten que su sexualidad no se ajusta a los cánones de la Iglesia ven reforzada su vocación por la promesa (implícita en el mito) de que si se convierten en sacerdotes lograrán controlar sus deseos? El mito, en lugar de alejarles del sacerdocio, como debiera suceder, les atrae a él. Naturalmente, una vez han cantado misa, descubren que la sotana no es una protección contra el deseo, que han de combatir todos los días igual que si hubiesen sido seglares. Y, además, sus funciones les ponen frecuentemente en contacto con menores, cuyos padres confían en ellos también influidos por el mito.
Cuidado: no sostengo que este sea el caso de todos los sacerdotes. No pretendo negar ni la fe ni la vocación de entrega de muchos sacerdotes, al menos en un principio, incluso de los que han caído en la pederastia. Sólo apunto una posible explicación de la contradicción que supone que la Iglesia haya tratado activamente de proteger a delincuentes que han cometido un crimen que, en teoría, considera especialmente odioso y que hayan surgido tantos casos precisamente entre quienes debieran ser menos proclives a ese delito. Quizá, si llegan a leer estas líneas, quienes dirigen la Iglesia, en lugar de condenar, como suelen hacer, debieran reflexionar.
domingo, 1 de febrero de 2009
Benedicto XVI
Benedicto XVI está dando pasos que apuntan hacia ua clara aproximación a las posiciones más conservadoras de la Iglesia, dejando a su predecesor, Juan Pablo II, como un pontífice progresista.
http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090201/53631357310/benedicto-xvi-nombra-obispo-a-un-sacerdote-austriaco-ultraconservador-vaticano-holocausto-europa-wag.html
¿Alguien podría explicarme qué pasos han dado los cuatro obispos integristas para obtener el levantamiento de la excomunión que ha acordado el Papa? Éste autorizó primero la celebración de la Misa según el rito de San Pío V, que era quizá el principal punto de conflicto con los seguidores de monseñor Lefebvre, y después ha levantado la excomunión.
La excomunión supone una exclusión de la comunidad de los fieles presidida por el Papa que se aplica a quien se aparta de la doctrina de la Iglesia, ya sea enseñando una doctrina diferente, ya actuando de forma incompatible con tal doctrina. Que yo sepa, la doctrina de Roma no ha variado, pero tampoco lo ha hecho la posición de los integristas. ¿Entonces?
No me vale que los obispos rehabilitados acepten la autoridad del Papa. Negaban esta autoridad porque, según ellos, se había apartado de la verdadera doctrina cristiana. Y con sus actos, Benedicto XVI parece darles la razón: es él quien ha cambiado la posición de la Iglesia, él quien acepta lo que su predecesor había considerado inaceptable, permitiendo que dentro de la Iglesia católica se sigan dos ritos diferentes.
El nombramiento de otro obispo ultraconservador puede estar justificado por diversas razones. Pero apunta también a una involución del Papado hacia las posiciones anteriores (y contrarias) al Concilio Vaticano II. Sería un gran escándalo que el Papa desautorizase al Concilio. Quo vadis, Benedicte?
http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090201/53631357310/benedicto-xvi-nombra-obispo-a-un-sacerdote-austriaco-ultraconservador-vaticano-holocausto-europa-wag.html
¿Alguien podría explicarme qué pasos han dado los cuatro obispos integristas para obtener el levantamiento de la excomunión que ha acordado el Papa? Éste autorizó primero la celebración de la Misa según el rito de San Pío V, que era quizá el principal punto de conflicto con los seguidores de monseñor Lefebvre, y después ha levantado la excomunión.
La excomunión supone una exclusión de la comunidad de los fieles presidida por el Papa que se aplica a quien se aparta de la doctrina de la Iglesia, ya sea enseñando una doctrina diferente, ya actuando de forma incompatible con tal doctrina. Que yo sepa, la doctrina de Roma no ha variado, pero tampoco lo ha hecho la posición de los integristas. ¿Entonces?
No me vale que los obispos rehabilitados acepten la autoridad del Papa. Negaban esta autoridad porque, según ellos, se había apartado de la verdadera doctrina cristiana. Y con sus actos, Benedicto XVI parece darles la razón: es él quien ha cambiado la posición de la Iglesia, él quien acepta lo que su predecesor había considerado inaceptable, permitiendo que dentro de la Iglesia católica se sigan dos ritos diferentes.
El nombramiento de otro obispo ultraconservador puede estar justificado por diversas razones. Pero apunta también a una involución del Papado hacia las posiciones anteriores (y contrarias) al Concilio Vaticano II. Sería un gran escándalo que el Papa desautorizase al Concilio. Quo vadis, Benedicte?
martes, 23 de diciembre de 2008
Elegidos de Dios
Ciertamente, Ángel Sanz Briz, al que dedica un artículo Pilar Rahola en La Vanguardia de hoy, 23 de diciembre ("Anejo a la legación española", http://www.lavanguardia.es/internacional/noticias/20081223/53604538404/anejo-a-la-legacion-espanyola.html) merece el reconocimiento de toda la gente decente y el agradecimiento de los judíos y del Estado de Israel, por las vidas que salvó de la barbarie nazi. Pero el título de "Justo entre las naciones" que le concedió Israel parece inadecuado. Se trata de un héroe, sin duda, pero no de un semidios.
Lo que ocurre es que los judíos siguen considerándose el pueblo elegido de Dios y, por tanto, ven el servicio que se les presta como un servicio prestado al creador, y su agradecimiento como la expresión del agradecimiento divino. De ahí un título con resonancias mesiánicas.
De igual manera, es perfectamente natural y humano el agradecimiento de los obispos, sacerdotes y religiosos a Franco y a sus tropas, que les libraron de ser víctimas de la ira popular (a raíz de la sublevación, que apoyaron pero no protagonizaron, pero también antes, recuérdese la semana trágica) y les convirtieron en parte respetada del establishment.
Pero el trato que la Iglesia española dio a Franco no fue el simple agradecimiento de los miembros de su clero, sino el de salvador de la fe, de instrumento de la voluntad divina, de elegido del Señor. No supieron, o no quisieron, separar sus deseos humanos de los designios divinos y, por tanto, pusieron a Dios al lado de Franco, para lo bueno y para lo malo, como protector y cómplice, también de lo más oscuro de la dictadura. En definitiva, instrumentalizaron a Dios, al ponerlo al servicio de su agradecimiento, de su bienestar y de su poder, en lugar de someterse ellos a Su voluntad.
Quizá aún puedan recapacitar y recuperar la humildad. Recordar que la Iglesia triunfante, en buena teología, no es la que gobierna la tierra, sino la que goza de la presencia divina, en el cielo.
Lo que ocurre es que los judíos siguen considerándose el pueblo elegido de Dios y, por tanto, ven el servicio que se les presta como un servicio prestado al creador, y su agradecimiento como la expresión del agradecimiento divino. De ahí un título con resonancias mesiánicas.
De igual manera, es perfectamente natural y humano el agradecimiento de los obispos, sacerdotes y religiosos a Franco y a sus tropas, que les libraron de ser víctimas de la ira popular (a raíz de la sublevación, que apoyaron pero no protagonizaron, pero también antes, recuérdese la semana trágica) y les convirtieron en parte respetada del establishment.
Pero el trato que la Iglesia española dio a Franco no fue el simple agradecimiento de los miembros de su clero, sino el de salvador de la fe, de instrumento de la voluntad divina, de elegido del Señor. No supieron, o no quisieron, separar sus deseos humanos de los designios divinos y, por tanto, pusieron a Dios al lado de Franco, para lo bueno y para lo malo, como protector y cómplice, también de lo más oscuro de la dictadura. En definitiva, instrumentalizaron a Dios, al ponerlo al servicio de su agradecimiento, de su bienestar y de su poder, en lugar de someterse ellos a Su voluntad.
Quizá aún puedan recapacitar y recuperar la humildad. Recordar que la Iglesia triunfante, en buena teología, no es la que gobierna la tierra, sino la que goza de la presencia divina, en el cielo.
domingo, 14 de septiembre de 2008
La Iglesia y el poder
Benedicto XVI ha condenado en París el afán de dinero y poder. Creo que nadie criticará esta condena, al menos si no excluye el afán de mejorar económicamente como un estímulo al esfuerzo y a la creatividad.
El Partido Popular apoyó decididamente la guerra de Irak, que ha costado centenares de miles de muertos y no ha mostrado arrepentimiento por ello. Lo hizo, además, contra la opinión del Papa, claramente manifestada.
Puesto que la Ley de Dios prohibe matar y muchos, cristianos o no, creemos que causar la muerte a otro ser humano es una de las acciones más graves que se pueden cometer (uno de los pecados más graves) parece que la Iglesia debería guardar una prudente distancia respecto de ese partido lo que, evidentemente, no significa echarse en brazos del PSOE, con el que tiene diferencias serias.
En cambio, la Conferencia Episcopal Española hizo, prácticamente, campaña electoral a favor del PP, organizando incluso una manifestación poco antes del inicio de la campaña que sólo tenía sentido leída en clave electoral, ya que no estaba pendiente ninguna decisión que pudiese ser modificada por la demostración.
Sin duda, la Conferencia coincide con el PP en valores más serios que la vida humana y la ley divina, lo que explica ese apoyo casi explícito. Y estos valores no pueden ser otros que la financiación de la Iglesia (la casilla en la declaración de IRPF), la clase de religión y los colegios religiosos. Es decir, dinero y poder.
Creo que la Iglesia debe realizar una profunda autocrítica, examinando la conformidad de sus acciones con la doctrina que dice defender. Como reza el dicho castellano: "obras son amores, y no buenas razones".
El Partido Popular apoyó decididamente la guerra de Irak, que ha costado centenares de miles de muertos y no ha mostrado arrepentimiento por ello. Lo hizo, además, contra la opinión del Papa, claramente manifestada.
Puesto que la Ley de Dios prohibe matar y muchos, cristianos o no, creemos que causar la muerte a otro ser humano es una de las acciones más graves que se pueden cometer (uno de los pecados más graves) parece que la Iglesia debería guardar una prudente distancia respecto de ese partido lo que, evidentemente, no significa echarse en brazos del PSOE, con el que tiene diferencias serias.
En cambio, la Conferencia Episcopal Española hizo, prácticamente, campaña electoral a favor del PP, organizando incluso una manifestación poco antes del inicio de la campaña que sólo tenía sentido leída en clave electoral, ya que no estaba pendiente ninguna decisión que pudiese ser modificada por la demostración.
Sin duda, la Conferencia coincide con el PP en valores más serios que la vida humana y la ley divina, lo que explica ese apoyo casi explícito. Y estos valores no pueden ser otros que la financiación de la Iglesia (la casilla en la declaración de IRPF), la clase de religión y los colegios religiosos. Es decir, dinero y poder.
Creo que la Iglesia debe realizar una profunda autocrítica, examinando la conformidad de sus acciones con la doctrina que dice defender. Como reza el dicho castellano: "obras son amores, y no buenas razones".
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